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Historias de nuestra isla

Nació por la Centolla: Almanza un pueblo de 33 habitantes

Puerto Almanza, en Tierra del Fuego, vive de la explotación de este crustáceo, una joya de la alta gastronomía. Una crónica periodística de la revista Viva, cuenta una historia de Almanza, El pueblo que se busca conectar con la ruta 30.

Rafael Quesada se estableció en Puerto Almanza cuando no había nada. Fotos: Juan Pablo Gulin

En el último borde de nuestro país, más allá de Ushuaia, en dirección al ángulo sur del triángulo que conforma la Isla de Tierra del Fuego, corre la ruta provincial J, desprendimiento de la ruta nacional 3, que parte de la Capital Federal, cruza toda la Patagonia y termina en el Parque Nacional Tierra del Fuego, en exactos 3.779 kms.

Pero antes de llegar, la gran ruta patagónica es interceptada por esta otra de ripio, en muy buen estado, arbolada, zigzagueante, con bosques que la flanquean, espejos de agua, roca y montaña. Un alto en el camino permitirá al visitante ver alguno de los enormes pájaros carpinteros de esta zona, y hasta algún cóndor vigilando el camino. Un descenso brusco abrirá el abanico que despliega el Canal de Beagle.

Los teléfonos celulares avisarán que se están conectando con antena chilena, pero no hay que dejarse engañar, esa pequeña población pesquera que recibe al visitante es argentina. Puerto Almanza es una localidad de 33 habitantes. Único (y auténtico) pueblo de pescadores del país, ya que todos los vecinos viven de la pesca. Una postal austral de colores sorprendentes que esconde un tesoro gastronómico: la centolla. Una especie de cangrejo gigante de sabor exquisito y precios astronómicos que solo se sirve en los restaurantes más selectos.

No cierre el mapa rutero, por favor, porque justo allí mismo nace la ruta 30, más modesta que la anterior, de sólo 12 kilómetros de longitud, lamida por el agua salada del canal de Beagle y salpicada de embarcaciones de tamaño diverso. Botes a remo, modernos semirígidos, pequeños barcos pesqueros de madera, todo lo que flota sirve para arrebatarle su tesoro a las aguas gélidas. Entre Puerto Almanza y Punta Paraná, por inolvidables 8 kilómetros, corre la Ruta de la Centolla. Solo 33 habitantes pero 6 restaurantes especializados en delicias locales que saltan del agua a la cocina y de allí al plato.

 

La ruta nacional número 30 solo tiene 12 kilómetros y corre entre Puerto Almanza y Punta Paraná. Este cartel del punto de partida. Foto: Juan Pablo Gulin

Primera posta

En Puerto Almanza, la presencia militar, propia de una frontera que ha estado en disputa, le roba algo de protagonismo a la centolla. Junto al Río Almanza todavía hay algunos cañones que apuntan a la isla vecina. Pero la postal más visible de la breve bahía en la que descansan las embarcaciones es una casita alpina precaria, de chapa, rodeada de canastos de pesca. Rafael Quesada la construyó con sus propias manos. Era pescador de un barco ajeno, salía de Ushuaia y a veces tardaba ocho o diez días en regresar. Por aquel entonces, nadie volvía con menos de diez mil kilos de centollas. Una cantidad que le permitía al patrón (capitán) del barco ganancias suficientes como para comprar un auto. Bastante menos para el marinero, pero igual de tentador.

La cuestión era que, durante todo ese tiempo de pesca, Rafael y su compañero debían dormir embarcados, siempre con trajes especiales, en movimiento, húmedos, helados. Necesitaban dormir en tierra, pidieron una casilla y se la negaron.

“Porque yo pescaba desde Remolino, al oeste, y hacia el este hasta Pampas de los Indios. Doce millas para un lado y doce para el otro, no me movía de este sector. Y teníamos que descargar acá y pernoctaba acá, entonces vivíamos enfermos arriba de las embarcaciones, con gripe, por la humedad –cuenta Rafael–. Le pido a la empresa que me pusieran una casilla, y me dicen: ‘No, lo que pasa es que ustedes la van a romper’. Entonces los mandé al carajo y les dije: ‘Si mañana no salgo a trabajar es porque me estoy haciendo una casa’. Se reían, me tomaban por loco."

"Fui juntando materiales, unos palos, unas chapas, compré tirantes, con ayuda de unos que desarmaron un galpón y me dieron todas esas chapas viejas -continúa-. Llevó perdida porque, al no trabajar, no teníamos ingresos, pero sabíamos que el fin valía la pena. Y un día de viento que no salimos al mar empezamos a levantar la casita, con mi compañero Walter Jordan, que era mi marinero. Pero más que marinero era un amigo, porque éramos dos nada más que compartíamos todo en la embarcación. La primera noche que dormimos acá no lo podíamos creer. Teníamos una estufa a kerosene. Porque la empresa nos daba 50 litros de gasoil por cada día que permanecíamos embarcados, entonces llegaba un momento que acumulábamos combustible, lo usábamos para calefaccionarnos. Y cuando por primera vez dormimos acá, en la casita, arriba, con un colchón y no había humedad, pudimos hacerlo en remera, no con el térmico que andábamos todo el día, nos cambió toda la realidad”.

Le brillan los ojos a Rafael cuando cuenta la epopeya de su casita. Fue en los 80, cuando recién había llegado a la zona. Catamarqueño de nacimiento, criado en Punta Alta, Bahía Blanca, amante del agua, navegante, pescador. Dice que los barcos en los que trabajaba salían ahí nomás enfrente de Ushuaia y él miraba hacia el oeste y hacia el este del canal y soñaba con descubrir qué había más allá, qué escondían las islas entre la bruma. Y cumplió el sueño. Se pudo traer a la familia: hoy todos viven cerca de la centolla.

Pero volvamos al día en que terminó de construirse su pequeña choza justo en el medio de la idílica postal fueguina. No pasó mucho tiempo hasta que se acercó alguien de Tierras Fiscales de la provincia a exigir que sacara el “chaperío”. Pero Rafael no se dejó amedrentar.

“Me puse serio y le dije: ‘¿Sabes lo qué pasa? La casita está dentro de los 50 metros de la costa. Por si no lo sabés, hay una ley de seguridad nacional que dice que todo lo que está de la marea más alta a 50 metros pertenece al Estado nacional, no al provincial. Porque en caso de guerra se utiliza para defensa. Yo creo que estoy adentro, sino la corro un poquito más para la orilla del agua’.”

Algo de todo el palabrerío debe de haber surtido efecto porque poco después logró que le pusieran un medidor de luz, que es lo más parecido al título de propiedad. Y le cedieron un terreno a la vera de la ruta de la centolla donde está proyectando un emprendimiento turístico familiar. Dejó la casilla pero no la desarmó, se la cedió a su amigo buzo que vive de la captura de moluscos. Había pensado en desarmarla porque cuando llegó el especialista que los asesoraría con el planeamiento de la ruta de la centolla les explicó que tenían demasiada “basura”.

“Entonces le di el lugar, le transferí el medidor a nombre de él, porque yo tenía intenciones de desarmarla a la casa, porque digo este rancho a veces te da vergüenza ajena, no tiene buen aspecto. Pero entrás a Internet y buscás Almanza y sale esta casa. Es como la reseña turística. Hay unos libros donde está esta casa. Hace unos años un inglés vino a escribir sobre poblaciones pesqueras. Un libro que comparaba el Mar del Norte con éste. Me pidió permiso para sacar fotos. Me contó que hay una casa exactamente igual de un pescador, no sé si es en Escocia, en unas islas, donde es todo igual a esto”.

Rafael está ahora jubilado, pero tiene dos embarcaciones propias con las que sale dos o tres veces por semana, cuando el clima lo permite, ya no se arriesga. “Antes sí, cuando trabajamos para una empresa y había que justificar un sueldo, con temporal o sin temporal salíamos igual. Hoy, en este momento, estoy jubilado, tengo una embarcación que me pude comprar con un crédito y soy mi propio jefe”.

Los pescadores de Almanza que no tienen salón propio envían la centolla a Ushuaia, donde se vende en restaurantes con peceras en la vidriera y en platos que no bajan de los 1.500 o 2000 pesos. Es poco el material que puede sacarse de la isla, el SENASA (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria) no termina de aprobar la cuestión.

La sirena y el capitán. Así se llama el restaurante de Sergio Corbo, que tiene como chef a la salteña Amparo Zerdan Rodríguez. Foto: Juan Pablo Gulin

Sergio Amaya es marino mercante pero llegó a la isla hace 17 años con su familia, y aquí se transformó también en pescador. Sale a buscar centolla desde Ushuaia unas tres veces por semana, cuando el clima lo permite. Pero él no cede su producto a los restoranes locales. En 2010 levantó en un terreno anexo a su casa el “Ahumadero Ushuaia”. Pese a que el establecimiento tiene tecnología de punta y limpieza similar a la de un quirófano, aún espera infructuosamente la autorización del SENASA para poder sacar de la isla su producto. “Lo sorprendente de Ushuaia es que no tiene pescaderías”, señala.

Amaya se lamenta de que la industria del pescado no deje ningún valor agregado a la ciudad ni a sus poblaciones aledañas. Ya que todos los barcos que pescan en el canal son factoría, todo el proceso se hace en el barco, con personal de a bordo. “Acá no vemos el pescado, vemos cajas que van directo a los contenedores”, dice. Y como remate de su razonamiento da la clave del éxito de Almanza como centro de pesca de la centolla. Ushuaia tiene puerto pero no tiene muelle. Los pescadores deben bajar los tachos con centolla por la playa, como se hacía a principios de siglo XX.

En Puerto Almanza, las condiciones no son tan distintas, pero hay un muelle artesanal y mayor comodidad de movimiento. Los días de viento tampoco salen porque se hace más difícil. La pesca aquí es con trampas que dejan señaladas con unas boyas, por eso la bahía se ve adornada con pelotas amarillas, verdes, rojas y azules que se mecen con las olas del canal. Hay algunas limitaciones tendientes a proteger el desarrollo de la centolla. No se puede pescar hembras y ninguna embarcación puede colocar más de cien trampas por salida. Se trata de preservar el bien que ha ido mermando.

Los seis restaurantes que componen actualmente la ruta de la centolla se disponen junto al camino, al pie de la ladera, con ventanas hacia el canal, a lo largo de 8 kilómetros desde “La Fueguina”, el primero, hasta “Puerto Pirata”, el último. En temporada alta conviene reservar, aunque no todos tienen la experiencia necesaria como para manejarse con gran demanda. Los responsables de “Puerto Pirata”, por ejemplo, una bella casita escondida en el bosque, muy cerca de una cascada rutilante, no cumplieron con la reserva de estos cronistas porque se vieron superados por la demanda del día.

Sergio Corbo, en cambio, dueño del primer restaurante de la zona, “La Sirena y el Capitán”, conoce mejor el riesgo. Él no acepta reservas. Dice que esa es la particularidad de un restaurante en el fin del mundo. Sus clientes vienen de la otra punta de la isla, o del continente. Ahora, por ejemplo, está esperando a un grupo que llegará de Comodoro Rivadavia. Habían prometido estar al mediodía, pero son las 17 horas y aún no han llegado. Se ríe. Nada parece preocupar a este hombre de 70 años, que se ha mudado a Almanza hace 20. El mismo pesca lo que se cocina en su local. Todas las temporadas trae un chef nuevo, con propuestas distintas. Esta vez le ha tocado el turno a Amparo Zerdan Rodríguez, una joven cocinera de Salta que fue convocada a través de la escuela gastronómica cordobesa en la que cursó sus estudios.

Sergio asegura que pasar una temporada en su restoran es una oportunidad única. “El anterior chef ya está viajando por el mundo. Porque sino sabés cocinar pescado, mariscos y cangrejos, no podés ir a ningún lado. Carne se come acá, en Uruguay y en un par de lugares más pero nada más. En Europa hay que saber cocinar todas estas cosas”, dice.

Amparo, a su lado, lo mira y sonríe grande, aún deslumbrada. Esa mañana ha ido en kayak a juntar algas para los famosos buñuelos de la zona. Dice que, cuando recibió la propuesta, no lo dudó ni un instante, y a juzgar por la tierna centolla que ha probado el equipo de Viva, la elección de Sergio ha sido atinada. Cuenta que “La Sirena y el Capitán” ha sido valorado como el sexto restaurante de la isla por su calidad gastronómica, que es premiada con la fidelidad de sus clientes. El salón está siempre lleno. Tiene dos pactos con los comensales: uno, abrir todos los días, aún en pleno invierno. Otro, que la comida será la mejor con lo mejor que ofrece el mar. Centollas, por supuesto, pero también otros bichos marinos sorprendentes. Como el salmón salvaje que sirvió a esta cronista. Tan distinto de los de criadero, de un rojo casi flúo. “Es que se alimentan de unos langostinos de ese color. El salmón salvaje apareció ahora. No vas a comer en ningún otro lado este pescado”, asegura Sergio.

Dice que vivir en un pueblo de 33 habitantes es como vivir en un edificio de 10 kilómetros: “Pero tipo conventillo, donde tenés un patio en común y todos están vinculándose. Yo vivía en un conventillo en Flores, y había un patio central y ahí estaba todo. Los puteríos pasaban por el patio central. Esto es más o menos lo mismo. Acá el muelle es el rincón de los puteríos, y el salón nuestro también. Todo pasa por acá”. Comenta que no es fácil coordinar lo de la ruta de la centolla porque falta un gerente. Y destaca que lo mejor de Almanza es que todos hacen lo que quieren. Mira hacia al canal con una semisonrisa cómplice. Sabe que sus interlocutores no pueden siquiera imaginar lo que es el invierno allí.

“Por agua siempre se puede salir, porque el mar no se congela. Pero por tierra, cuando hace frío, hay que esperar que pase la máquina. Y no pasa hasta que no para de nevar. Si hace tres, cuatro, cinco días y no para, pasa igual. Pero a las dos horas ya tenés 40 centímetros de nieve. Hace 6 años tuvimos un invierno que fue tremendo: la máquina pasaba y tiraba nieve para los costados, porque no se la lleva. Acá había un muro de 4 metros, así que hacíamos una puerta para poder cruzar la calle e ir al mar. Porque nos embarcamos igual, hay que trabajar. Todos aquí vivimos de la pesca.”

El sol demora en bajar en verano, son las 18 y aún está alto. Un capitán entra al salón, ha regresado de llevar en el semirígido de Sergio a un contingente de turistas de paseo entre las islas. Se ofrece a volver a salir con los cronistas. Se suma una pareja de barceloneses. La ruta de la centolla puede incluir una navegación más artesanal que la de los típicos catamaranes turísticos. Casi no hay viento, la embarcación se mece, los tripulantes se entusiasman junto a los pasajeros observando pingüinos y lobos marinos. El confín del mundo es una inmensa caja de Pandora.


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